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"HIMSS y el camino al revés"
Mg. Fernando Plazzotta

Ver la innovación funcionando en una demo es muy distinto a leerla en un paper. HIMSS plantea esa diferencia con una claridad que incomoda y fascina a la vez.

 

En los congresos académicos, la innovación suele aparecer primero como concepto, como resultado o como línea de investigación. Se presenta una charla, un paper o un póster; se discute el método, los hallazgos, las limitaciones y la posible aplicabilidad. Es un recorrido lógico y necesario: primero la validación, después la implementación.

En HIMSS, muchas veces, el recorrido parece ser el inverso.

Esa fue, al menos, una de las sensaciones más claras que me dejó el evento. En un congreso académico, muchas veces uno escucha una idea potente y después tiene que imaginar cómo se vería en la práctica, cómo se integraría a un flujo de trabajo real, quién la usaría o qué parte de esa promesa efectivamente podría sobrevivir al mundo concreto. En HIMSS pasa algo distinto: la innovación ya aparece escenificada. Está en un stand, en una pantalla, en una demo, en una interfaz, en una conversación con alguien que la vende, la implementa o la está evaluando. Es más tangible y, muchas veces, ya está ahí.

Ahí es donde, para mí, aparece una diferencia importante con los congresos más académicos. No necesariamente porque uno sea mejor que el otro, sino porque organizan de manera distinta la experiencia del conocimiento y de la innovación.

En un congreso académico, el valor principal suele estar en la solidez del planteo, en la revisión por pares, en la consistencia metodológica y en la discusión crítica. Eso le da peso científico a lo que se presenta, pero también deja, muchas veces, una distancia entre la idea y su materialización concreta. La innovación aparece primero como promesa intelectual. Después habrá que ver quién la implementa, cómo, con qué recursos y con qué capacidad real de transformar procesos.

En HIMSS esa distancia parece más corta. O al menos está mejor resuelta desde el punto de vista de la experiencia del asistente. La innovación ya llega convertida en algo que puede verse, tocarse, probarse y compararse.

Y eso, me parece, explica buena parte de la atracción que genera este tipo de eventos. No sólo por la magnitud del congreso, por la presencia de la industria o por el componente comercial, que por supuesto están ahí y son parte central de la escena, sino porque ofrece una experiencia mucho más cercana a la adopción que a la abstracción. Uno no sale pensando únicamente en tendencias. Sale pensando qué de todo eso podría realmente usarse, adaptarse, comprarse, integrarse o escalarse.

Ese rasgo hands-on, entendido no solo como “poner la mano”, sino como ver la innovación en una forma mucho más tangible, probablemente sea uno de los mayores diferenciales del evento. HIMSS no obliga tanto a imaginar el futuro; lo muestra ya montado, aunque sea en formato demo. Y eso cambia bastante la relación entre el asistente y lo que está viendo.

En ese sentido, HIMSS funciona casi como una vidriera avanzada del sector. Un lugar donde la innovación deja de hablar únicamente en el lenguaje del paper, de la hipótesis o del piloto, y empieza a hablar también en el lenguaje del producto, de la integración, del retorno esperado, de la experiencia de usuario y de la implementación real o aspiracional.

Eso no significa, por supuesto, que todo lo que se ve allí tenga el mismo nivel de madurez, ni que todo esté igualmente validado. De hecho, sería ingenuo pensarlo así. Parte de lo que hace atractivo a HIMSS es justamente su capacidad para mostrar soluciones en una versión convincente, clara y comercialmente potente, aun cuando detrás haya niveles muy distintos de evidencia, desarrollo o resultados. Dicho de otra manera: en HIMSS se ve mucha innovación ya lista para circular, aunque no siempre esté igual de consolidada.

Ahí aparece un punto que me parece importante no perder de vista: el riesgo de fascinarse con este formato es confundir demostración con validación. Que algo se vea bien, que tenga una demo atractiva o que esté formulado con claridad comercial no quiere decir, por sí solo, que tenga mejor evidencia, mejores resultados o mayor capacidad de transformación real. A veces quiere decir, simplemente, que está mejor contado.

No considero que la conclusión correcta sea que HIMSS reemplace a los congresos académicos, ni mucho menos que el mundo académico haya perdido relevancia. Más bien me da la impresión de que muestran momentos distintos de una misma cadena.

En el congreso académico, primero se discute si una innovación tiene sustento: qué evidencia la respalda, qué diseño metodológico la soporta, qué resultados muestra, qué sesgos hay y cuáles son sus limitaciones. Recién después viene, eventualmente, su traducción en solución, producto o proceso implementable.

En HIMSS, muchas veces, primero aparece esa traducción. Primero se ve la solución funcionando, o al menos representada de manera suficientemente concreta como para entenderla. Después, si uno quiere profundizar, puede preguntarse cuál es su sustento técnico, académico o científico, qué resultados tiene detrás y cuánto de lo que muestra responde a evidencia y cuánto a narrativa comercial.

Por eso, quizás, HIMSS no sea el lugar donde la innovación nace, pero sí uno de los lugares donde la innovación se vuelve visible, legible y deseable para el mercado y para los sistemas de salud. Y eso no es menor. Porque muchas tecnologías no fracasan por falta de ideas, sino por no lograr esa traducción entre la novedad conceptual y la posibilidad de adopción.

Aun así, el contrapunto sigue siendo necesario. La academia no solo conserva valor: sigue siendo el espacio donde buena parte de estas innovaciones encuentra fundamento, legitimidad y crítica. Es también el ámbito donde todavía se hacen las preguntas incómodas: si realmente funciona, para quién funciona, en qué contexto, con qué costos, con qué riesgos y con qué posibilidad real de generalización.

Sin ese trabajo, el riesgo es bastante evidente: que la innovación quede capturada por su capacidad de exhibirse, y no por su capacidad de demostrar valor. Que el sistema premie antes lo más visible que lo más sólido.

Tal vez, entonces, el problema no sea que existan ambos mundos. El problema sería que se separen demasiado. Porque una innovación que no logra salir del paper corre el riesgo de volverse irrelevante para la práctica. Pero una innovación que salta demasiado rápido al stand, sin pasar por instancias serias de validación, corre el riesgo inverso: volverse visible antes de volverse sólida.

Y quizás ahí esté una de las preguntas más interesantes que deja HIMSS: no si este formato es mejor que el académico, sino qué pasa cuando el sistema empieza a valorar más lo que puede ver y tocar que aquello que todavía necesita ser discutido, probado y financiado.

En lo personal, esa tensión se me hizo todavía más evidente al escuchar a John Halamka. Para muchos, es una figura asociada a la transformación digital en salud, a la innovación aplicada. Para mí, además, siempre fue un referente académico. Justamente por eso me resultó significativo verlo ahí, ocupando ese lugar en HIMSS.

Porque, de algún modo, también cierra con la idea de esta nota. Halamka representa bastante bien ese puente entre la solidez conceptual, la producción intelectual y la capacidad de llevar ideas complejas al terreno real. Que HIMSS lo haya elegido para ese escenario también dice algo del propio evento. No alcanza con mostrar productos; también hace falta alguien que ayude a darles contexto, dirección y sentido. Y quizás ahí haya una síntesis posible. No entre academia e industria como mundos opuestos, sino entre la solidez de las ideas y la necesidad de que esas ideas encuentren una forma concreta de existir.