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"Ciudades que cuidan"
Mg. Andrea Manjon y Mg. Rocío D’Agostino

En un contexto donde la inteligencia artificial, los datos y la conectividad transforman la vida urbana, Lucía Bellocchio, fundadora y CEO en Trend Smart Cities y especialista en innovación urbana y smart cities, reflexiona sobre cómo las ciudades pueden convertirse en espacios más saludables, inclusivos y empáticos, con la innovación puesta al servicio del bienestar de las personas.

 

Hablar de ciudades inteligentes ya no alcanza para pensar el futuro urbano. En un contexto tecnológico atravesado por inteligencia artificial, datos, movilidad y nuevos desafíos sanitarios, muchos nos preguntamos: ¿cómo pueden las ciudades mejorar de forma concreta la vida de quienes las habitan?

Desde la salud mental y la prevención hasta la interoperabilidad entre sistemas urbanos y sanitarios, Lucía Bellocchio en la siguiente entrevista nos cuenta la necesidad de mirar la tecnología desde una perspectiva más humana y cómo la planificación urbana, la gobernanza de datos y el diseño de entornos más inclusivos pueden influir directamente en la salud, el bienestar y la calidad de vida.
 

 

Durante años se habló de “smart cities” como ciudades hiperconectadas. Hoy, ¿qué define realmente a una ciudad inteligente y cuándo esa inteligencia impacta de forma concreta en la salud de las personas?

Lucía Bellocchio: Hubo una evolución clara del concepto; pasamos de una mirada centrada en la tecnología a una mirada centrada en las personas. Hoy entendemos que una ciudad aplica un enfoque smart city al usar la tecnología, los datos y la innovación, de manera sostenible, para mejorar la calidad de vida de las personas.

Pero también estamos reconfigurando lo que entendemos por “smart”. La inteligencia de una ciudad ya no proviene exclusivamente de la inteligencia tecnológica o de los datos que generan las plataformas digitales. Se construye también desde la inteligencia institucional, como la capacidad de diseñar políticas públicas, coordinar actores y generar modelos de gobernanza eficientes, y, al mismo tiempo, desde la inteligencia colectiva, donde se tiene en cuenta la experiencia cotidiana de las personas, las dinámicas comunitarias y la capacidad de escuchar y comprender las necesidades reales de la sociedad. El próximo paso de las smart cities deberá acercarse al modelo de “Ciudades Azules” (nombre del reciente libro que escribí junto a Álvaro García Resta, editado por Editorial El Ateneo), ciudades diseñadas no solamente para ser eficientes o hiperconectadas, promover bienestar, la inclusión y empatía, porque al final, la verdadera inteligencia urbana se ve en cómo una ciudad cuida a quienes la habitan y no por la cantidad de datos que genera. 

 

Muchos proyectos urbanos incorporan sensores, plataformas y analítica de datos. ¿Dónde ves hoy los avances más reales en salud pública? ¿En la prevención, en el monitoreo ambiental, en la movilidad, en las emergencias o en la atención médica?

Hay avances en diferentes vertientes. Por ejemplo, ciudades que utilizan datos en tiempo real para detectar contaminación, olas de calor o riesgos epidemiológicos pueden actuar antes de que el problema escale. También hay enormes avances en sistemas de emergencias inteligentes, optimización de ambulancias y telemedicina. Otro punto clave es la movilidad urbana vinculada a la salud. Cuando una persona en tratamiento necesita atravesar una ciudad congestionada para llegar a un hospital, la movilidad también se convierte en un tema sanitario. En paralelo, otro de los grandes desafíos emergentes para las ciudades es la salud mental, como consecuencia de la hiperconectividad, el estrés, la soledad y la falta de espacios comunitarios que impacta en el aumento de cuadros de ansiedad y depresión, especialmente en grandes centros urbanos.

Durante mucho tiempo pensamos la salud pública desde lo físico, pero cada vez es más evidente que las ciudades también influyen profundamente en el bienestar emocional de las personas. Por eso, las ciudades inteligentes van a tener que incorporar estrategias preventivas vinculadas a salud mental, como por ejemplo el diseño de espacios públicos más humanos, acceso a redes de contención, detección temprana de situaciones de vulnerabilidad y políticas urbanas que fomenten comunidad, cercanía y calidad de vida. La tecnología puede ayudar a detectar patrones y riesgos, pero el objetivo final tiene que ser construir ciudades menos hostiles y más saludables y humanas para vivir.

 

¿Puede una ciudad anticiparse a una crisis sanitaria antes de que llegue al hospital? ¿Qué rol cumplen hoy la inteligencia artificial y los datos en esa capacidad predictiva?

Sí, cada vez más. Las ciudades hoy pueden detectar patrones antes de que una crisis explote dentro del sistema hospitalario. La combinación de inteligencia artificial, datos ambientales, movilidad, clima y comportamiento urbano permite identificar riesgos tempranos. La inteligencia artificial puede ayudar a detectar anomalías, proyectar escenarios y optimizar recursos sanitarios. Pero los datos sin contexto humano no alcanzan. La tecnología debe complementar la mirada médica y social, no reemplazarla.

Además, la prevención no puede depender únicamente de algoritmos. Una ciudad preparada también es una ciudad con redes comunitarias fuertes, acceso equitativo a salud y capacidad de respuesta coordinada.

En lo personal, atravesar un diagnóstico de cáncer también me hizo reflexionar que no siempre más información significa más bienestar. En contextos de vulnerabilidad, la sobreexposición a datos, diagnósticos o información médica puede aumentar ansiedad, aislamiento y angustia. Por eso creo que los sistemas de salud tienen que enfocarse en el acceso tecnológico y a su vez en el acompañamiento humano, contención emocional de calidad -algo que la tecnología no puede reemplazar- y entornos y experiencias más empáticas para las personas.

smart cities

 

En América Latina, ¿cuál es el principal riesgo de querer construir “smart cities” sin resolver antes desigualdades estructurales como conectividad, acceso a servicios o brecha digital?

El mayor riesgo es construir ciudades “inteligentes” para pocos. Si la innovación no incluye, termina ampliando desigualdades existentes. En LATAM convivimos con enormes brechas de acceso, entre ellas la conectividad, infraestructura básica, salud, educación y alfabetización digital. La agenda smart city debe venir a abordar las temáticas prioritarias de la región, no a competir con ellas. Por eso siempre digo que las smart cities no deberían empezar por la tecnología, sino por la empatía y las necesidades reales de la población. Como mamá de un niño dentro del espectro autista, aprendí -más que en la universidad y que en la vida profesional- sobre barreras invisibles. Muchas veces la exclusión no es solamente física, también puede ser sensorial, cognitiva o burocrática. Diseñar ciudades verdaderamente inclusivas implica reconocer y contemplar todas esas dimensiones, entendiendo que no todas las personas habitan, perciben o experimentan la ciudad de la misma manera.

 

Desde tu experiencia y conocimiento, ¿qué ciudades están marcando hoy el rumbo en innovación urbana con impacto sanitario y qué aprendizajes podrían adaptarse al contexto argentino?

Hay ciudades muy interesantes haciendo cosas valiosas. Barcelona avanzó muchísimo en urbanismo centrado en las personas y salud urbana. Singapur es un referente en integración de datos y planificación predictiva. Copenhague trabaja muy bien la relación entre sostenibilidad, movilidad y bienestar. También me interesa mirar casos latinoamericanos como Medellín o Curitiba, donde hubo innovación urbana vinculada a inclusión social y acceso.

Argentina no necesita copiar modelos completos. Necesita adaptar aprendizajes a su realidad. Y creo que ahí tenemos la gran oportunidad de combinar talento tecnológico, salud pública de calidad y una mirada más humana sobre innovación.

 

Los datos son el corazón de una ciudad inteligente, pero también abren debates sobre privacidad y vigilancia. ¿Cómo encontrar equilibrio entre innovación, salud pública y protección de derechos?

Más que el corazón, diría que los datos son el sistema nervioso o incluso parte del cerebro de una ciudad inteligente, porque son los que permiten comprender lo que está pasando, detectar patrones, anticipar problemas y tomar mejores decisiones. Pero justamente por ese nivel de poder e información, también abren debates muy profundos sobre privacidad, vigilancia y derechos. Ese equilibrio va a ser uno de los grandes desafíos de esta década. Los datos pueden ayudar a salvar vidas, optimizar recursos y mejorar políticas públicas, especialmente en salud, pero también pueden generar vulnerabilidades si no existen reglas claras sobre su uso. Por eso necesitamos marcos éticos sólidos, transparencia, gobernanza de datos y participación ciudadana. Las personas tienen que saber qué datos se recopilan, para qué se utilizan y cómo se protegen. La confianza ciudadana se torna tan importante como la tecnología misma.

 

Si pensamos en hospitales, SAME, telemedicina e historias clínicas electrónicas, ¿qué tan importante es que los sistemas urbanos y los sistemas de salud dejen de trabajar en silos?

Es fundamental. Hoy uno de los grandes problemas es la fragmentación; el trabajo en silos.

Los sistemas urbanos, sanitarios y tecnológicos muchas veces no dialogan entre sí, y eso genera ineficiencias enormes que se traduce en una mala experiencia para el paciente/usuario. La interoperabilidad ya no es opcional. Se necesitan sistemas integrados donde hospitales, emergencias, transporte y plataformas digitales puedan coordinarse en tiempo real. Cuando una persona está enferma, el tiempo y la calidad de la experiencia importan muchísimo. Lo vivo personalmente durante el tratamiento oncológico que estoy realizando, donde cada trámite innecesario, cada demora o falta de información agrega desgaste físico y emocional.

 

Si tuvieras que proyectar los próximos 10 años, ¿cuál creés que será la transformación urbana con mayor impacto en salud? ¿Ciudades más predictivas, más sostenibles o más centradas en las personas?

El futuro va a exigir las tres cosas al mismo tiempo, pero si tengo que elegir una prioridad diría ciudades más centradas en las personas, porque una ciudad puede ser predictiva y sostenible, pero si no contempla el bienestar humano, pierde sentido. Se viene mucha más inteligencia artificial integrada a la gestión urbana, medicina preventiva más personalizada y sistemas de salud conectados. Pero el verdadero cambio va a ser cultural y tiene que ver con entender que la innovación también se mide en eficiencia, productividad y en la calidad de las experiencias humanas, eso que ninguna IA podrá tener.

Después de atravesar un cáncer y de criar a un hijo neurodivergente, mi visión de innovación cambió muchísimo. Creo que las ciudades más inteligentes serán las que usen la tecnología para mejorar la vida cotidiana de las personas.