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"Diseñar para todos, el desafío de la usabilidad y la accesibilidad en la tecnología de salud"
Dr. Juan Manuel Fernández Acuña

La historia del diseño centrado en el usuario y la evidencia científica sobre accesibilidad tecnológica plantean un debate urgente sobre cómo lograr que la innovación en salud llegue en igualdad de condiciones a las personas con discapacidad.

 

Diseñar pensando en el usuario no es una idea nueva. Ya en el año 4000 a. C., la filosofía china del feng shui proponía que el mejor espacio era aquel donde la disposición de los objetos se alineaba con el flujo de energía para optimizar la experiencia de quien lo habitaba. Siglos después, en la Antigua Grecia, los principios ergonómicos guiaron el diseño de herramientas y espacios de trabajo, al punto que Hipócrates describió la disposición óptima que debía tener el espacio de un cirujano. A principios de los años 40, Toyota llevó esa lógica a la industria con un sistema de producción centrado en las personas, y en 1955 el diseñador industrial Henry Dreyfuss publicó "Designing for People", un texto pionero en pensar los productos desde quienes los usan. En los años 90, el científico cognitivo Donald Norman se sumó a Apple y acuñó el término "Diseño de Experiencia de Usuario" para englobar todos los aspectos de la relación entre una persona y un sistema, incluyendo la usabilidad y la interfaz. Hoy, ese campo sigue evolucionando de la mano de la inteligencia artificial, la realidad aumentada y el diseño sin interfaz, con nuevos desafíos en cada etapa.

 

Cuando la tecnología no llega a todos por igual

Ese recorrido histórico cobra un sentido concreto cuando se lo mira a través de la lente de la discapacidad. Según el Informe Mundial sobre la Discapacidad, alrededor del 15% de la población mundial vive con algún tipo de discapacidad, física, orgánica, sensorial o psicosocial, ya sea de forma temporal o permanente. En América Latina y el Caribe, esa proporción alcanza casi el 12%, lo que representa a unos 66 millones de personas.

Para gran parte de este colectivo, acceder a la salud sigue siendo una tarea difícil. Un informe de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, de 2019, señala que las personas con discapacidad suelen tener mayores necesidades de salud y, al mismo tiempo, menor acceso a ella. Entre las barreras más frecuentes aparecen los espacios de salud inaccesibles, las dificultades de comunicación, la falta de formación específica de los profesionales y las limitaciones financieras. Lograr una salud inclusiva implica que estas personas puedan acceder a los servicios sanitarios en igualdad de condiciones que el resto de la población, algo que todavía está lejos de ser la norma.


 

El rol del diseño centrado en el usuario

La innovación tecnológica, en forma de programas informáticos y aplicaciones, aparece como una vía concreta para achicar esta brecha. Estas herramientas resultan más rentables que otras alternativas y permiten llegar tanto a personas confinadas en sus hogares como a quienes viven en zonas alejadas de los centros de salud. También posibilitan tratamientos personalizados y flexibles, ajustados a las condiciones de cada paciente, además de ofrecer retroalimentación en tiempo real y un registro más preciso del rendimiento durante cada sesión terapéutica.

Pero ninguna de estas ventajas se concreta si la tecnología no está diseñada según las necesidades, capacidades y preferencias de quienes la van a usar. Que una aplicación sea usable, es decir, fácil de operar de forma autónoma, resulta condición necesaria para que cumpla su objetivo terapéutico. A eso se suma la experiencia de usuario, la sensación general que deja usar esa tecnología, un factor clave para sostener la motivación y el interés a lo largo del tiempo. Que la solución sea percibida como útil y responda a las expectativas reales de sus usuarios termina de definir si esa experiencia resulta positiva o no.

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Lo que aporta la evidencia científica

Dos revisiones sistemáticas realizadas en los últimos años permiten pensar cómo se traduce todo esto en el desarrollo concreto de dispositivos y aplicaciones. La primera de ellas, publicada en 2021, analiza la usabilidad y experiencia de usuario de tecnologías de intervención cognitiva destinadas a personas mayores con deterioro cognitivo leve o demencia, un campo donde el diseño accesible resulta determinante para que estas herramientas cumplan su función de estimulación y acompañamiento. En la segunda, de 2024, se revisan de forma integral las interfaces naturales de usuario y los diseños multisensoriales pensados para aplicaciones y dispositivos dirigidos a personas con discapacidad visual, un área donde alternativas como el audio, el tacto o la voz reemplazan a la interacción visual tradicional.

Ambos trabajos, cada uno desde su población específica, sostienen una misma idea de fondo: el diseño centrado en el usuario resulta clave para que cualquier tecnología aplicada a la salud tenga éxito real más allá del laboratorio.

 

Repensar la tecnología desde quienes la usan

Diseñar tecnología en salud exige mirarla siempre desde la perspectiva de las personas que finalmente la usan, y no solo desde lo técnico. La retroalimentación constante de esos usuarios funciona como un proceso iterativo indispensable para mejorar cada nueva versión de una herramienta. Incorporar estos criterios desde las primeras etapas de desarrollo permite mejorar la adherencia y la eficacia de las intervenciones digitales, y también reducir las brechas de acceso que hoy dejan afuera a millones de personas, para construir una innovación en salud verdaderamente inclusiva.

Si querés conocer en detalle los estudios analizados y el recorrido completo de este ateneo, podés ver el video completo acá.


 

Juan Manuel Fernández Acuña

Médico pediatra egresado del Hospital Garrahan y actualmente residente de Informática en Salud del Hospital Italiano. Orientado a roles de analista funcional y de datos en el ámbito de la salud.